CHAMPAGNE Y MÚSICA DE FONDO

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Ain´t got no, I got life.

Nada. Es suficiente.

SECCIÓN CHAMPAGNE Y MÚSICA DE FONDO

POST EN COLABORACIÓN CON EL BLOG CHAMPAGNE PARA DESAYUNAR

Pesa la noche este martes gastado. Pesa la noche negra. Como pesa la voz de plata añeja que suena en el gramófono en la hora en la que el día se marcha por la puerta de atrás. Esa voz que pesa. Esa voz negra. Negra, como la noche.

Ella entra en la noche, para acariciarla con unos dedos entre los que se derrama su áspera dulzura, y entonces los sentidos se ponen en pie, atentos, rendidos a la fascinación que provoca su voz, a sabiendas de que esa voz honda te va a contar una verdad de esas de las que es imposible apartarse sin que te roce. Porque ella sólo canta mirándote a los ojos y sosteniéndote la mirada.

Nada más empezar ya araña la música suave con un No tan rotundo que no te queda más remedio que quedarte a ver qué ocurre. Hipnotizada por ese mantra extraño y envolvente que rezuma privación pero que, a contracorriente, suena ligero

No.

No tengo.

No tengo nada

Reflets de chaises et de la Tour Eiffel. Paris, 1957.

Ella crea espacios, abre zanjas y te mete dentro para jugar a un juego, el juego de la verdad; como juega ahora contigo, con un ritmillo casi leve pero persistente como una lluvia fina, que cala tanto más por lo imperceptible.

Te sujeta por la cintura, firme, y te marca el paso de un baile de medianoche: dos pasos a la izquierda, `no, no tengo´, un paso a la derecha, `no tengo´; y te resulta inevitable entrar en ese juego maldito que es contar aquello con lo que no cuentas. Porque mientras le sigues la pista a los vacíos de la Simone, sin querer, vas marcando mentalmente con una cruz tus noes, esas faltas que apenas hacen mella, …esas otras que cobraron el relieve de las cicatrices. Da igual que te las hayan quitado de las manos o que jamás las tuvieras y sea el anhelo el que se quedó vacío, esperando en la parada de un autobús que ya está fuera de servicio.

Hasta donde te alcanza la memoria, dos, tres, cuatro, veinte; ¿cuántas cosas te faltan?  Qué tamaño, qué forma, que solera tienen?

De fondo, Nina sigue descontando, reduciendo a cero cosas de esas importantes, vitales, aunque tú hace tiempo que has agotado tu lista del debe o quizás te has agotado tú en ella, y te preguntas cómo puede desproveerse una persona de tanto y que el mundo siga andando, sin más, como si no fuera con él la cosa. Y mientras la esperas a la vuelta de la esquina, aguardando a que ella consuma su lista y te alcance en ese sentimiento de vacío que te ha lanzado a los pies, piensas por un momento cómo sería no tener nada. Mejor dicho, cómo sería no tener ni tan siquiera una nada.

No tengo casa, ni

zapatos. Ni dinero, ni

estilo;

Ni faldas, ni jerseys.

No tengo perfumes,

ni cerveza.

letras

Consciente de que no lo vemos aunque esté delante de nuestros ojos, ella te lo cuenta como una confidencia, al oído; una verdad callada que está a la mano pero que pocas veces se alcanza: lo único que necesitas para vivir es … estar vivo. Y libertad. La libertad de sentir, de imaginar. La libertad de ejercer la capacidad de ilusión, o dejarla en barbecho.

Todo eso en la sola brevedad de una canción.

Y tú te rindes. No me digas que no te rindes. No  me digas que no se te ha colado por una esquina esa simplicidad vital de un modo tan corpóreo que casi la sientes echándote el aliento. La vida. Qué más. Qué menos necesitas para vivir.

Porque ELLA es así, con su voz oscura te invita al infierno mientras te sopla aire helado en la nuca, y cuando te tiene ahí, te lleva en volandas al lugar donde se ocultan los secretos (a voces) para mostrártelos con la dulce firmeza que no tuvo en su vida.

Mi espalda y mi sexo.

Mis brazos y mis manos.

Mis dedos y mis piernas.

Mis pies y mi dedo gordo.

Mi higado y mi sangre.

 A mí, escuchándola, me resulta imposible no viajar a una África de 2005 donde encontré azules y rojos y la linea de arena fina que marcaba la diferencia entre el color de la piel. Una África a donde llegaba yo sin aire, sin suelo, sin razón. SIN, simplemente.

Allí los encontré a ellos, aquellos niños del color de la noche que guardaban tesoros custodiándolos sin armas, ni tratados, ni moneda de cambio.

Esos niños tenían TODO en sus ojos, tenían tanto que se les escapaba por la boca, cuajada de risa franca; por la mirada, clara como aquel agua límpida que llegaba hasta el otro mundo, el del verbo tener; por las manos, abiertas para recibir, así, como verbo intransitivo, sin complemento ninguno.

Aquellos ojos jamás habían mirado y, a  buen seguro, jamás mirarían casas, zapatos, perfumes de esos que tú ves, sin mirar, cada día. Pero tenían tanto, tanta vida sujeta al fondo de sus retinas que, por un momento te cegaba y no veías nada, su nada, la nada mas absoluta que supone no tener, ni siquiera, envidia, miedo, rencor.

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Que no descubro nada ya lo sé; que otros antes y muchos después se quedarán igualmente impactados viendo el derroche de vida de quienes no tienen nada más que eso, la simple existencia (a veces la mísera existencia, la cruel existencia, la inhóspita existencia  y alguno cuantos calificativos más que “los del verbo tener” jamás hemos pronunciado). Y, desde luego, habrá mil letras que den fe de ello. Pero no siempre uno descubre misterios a través de las letras, a veces simplemente basta actualizar las verdades en la cabeza, darles cuerda como a un reloj para que hagan tic tac justo a tiempo.

Precisamente eso es lo que quiero hacer con este final del post, ahora que la Simone cabalga a sus anchas por la noche. Esta noche negra que ya no pesa. Que se ha vuelto ingrávida, como  los zapatos, la casa, la falda, los perfumes, la cerveza… y tiene ese aire que anticipa la fiesta, ese que suena al cristal de una copa de champagne brindando por la vida.

Recordar. Simplemente recordar que al verbo tener le sobran demasiadas cosas. A veces todas, incluso. Y que es una verdadera lástima que ese misterio sólo cobre importancia cuando le falta una, tan sólo una: (la tranquilidad de) seguir viviendo, como es una lástima que lo olvidemos tan a menudo que tenga que ser un niño, con la noche en su piel y tanta fortuna en sus ojos como miseria en sus manos, quien nos haga echarle de nuevo cordura al haber y al debe de cada mañana. Quien nos saque, una vez más  los colores (¿cuántas necesitamos?) cuando advertimos que su risa franca no le debe nada salvo a la tierra, a la sangre, a la lluvia… y nos obliga a recapitular: Nada, eso es cuanto necesitas tener, la vida es suficiente. Pero quizás todo esto sólo sean palabras; palabras que salen de una noche negra, para abrirse camino en el día claro. Qué importa: la canción ya ha terminado. Y yo …

Tengo mi vida

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Ain´t got no, I got Life. Nina Simone.

[Tema extraido del musical Hair, que Nina introdujo en su album Nuff Said que coincidió con la muerte de Luther King y que fue icono de la reivindicación de los derechos humanos de la población afroamericana]

Texto y fotografias: Be Naive

Música: Ángel Maíllo

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